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Noche fría y oscura inunda la ciudad, ruidosa aún sin haber nadie paseando por sus calles. El suelo húmedo por la lluvia pasada, árboles aún verdes a pesar de lo adelantado. Clima que no congela pero que hiela los dedos, dedos que teclean rápido en el móvil invalido; para inválidos son los asientos de delante de la que escribe. Música indie, de cantautor, distinta, difícil de encontrar en cualquier centro comercial; música que va sonando y meciéndose en sus oídos, los auriculares son de un bazar chino, pero aguantan.

El conductor del transporte público no conduce ni lento ni deprisa, cambia la banda sonora: revista musical española, Sarita Montiel. Ya pasó el primer pueblo, es el último en el horario del consorcio. A pesar de haber tomado varios sorbos de agua, el sabor amargo del chocolate negro sigue en su paladar. No se va, engancha. El aparato de gran pantalla va cargando su batería lentamente gracias a la energía del cilindro. El tiempo pasa, todo transcurre. Nada ocurre.

El paisaje sigue siendo oscuro incluso con la ayuda de las luces del alumbrado público. La carretera es solitaria, ni un coche, ni un alma. El tiempo pasa. Todo transcurre. Nada ocurre.

La cobertura aparece y desaparece como le place a la elevación por donde pasa, la maneja a su antojo. El tiempo pasa. Todo transcurre, nada ocurre.

Desde el camino, a lo lejos, se ven las luces del próximo puebl:, de entrada oscura, pequeñas luces apagadas. El lugar duerme a pesar de no ser aún la hora de ir a la cama. El tiempo pasa. Todo transcurre. Nada ocurre.

Las curvas zarandean a los pasajeros, que son pocos y callados, todos en asientos separados, todos mirando hacia abajo, pequeña pantalla de pecado. Si miras por la ventana solo ves negro, algún color por la luz que queda de las luces delanteras del automóvil que chocan con las señales trafico. A lo lejos esas lucecitas de las casas parecen una pequeña constelación que hacen soñar, que al llegar a ellas desaparecen y te muestran una triste verdad, todo material. Este lugar no es diferente a los otros. Vacío, soledad. A lo que un pasajero entra otro sale. El cable del cilindro a veces se despega y la de gafas debe de apretar el nexo. Eso la distrae. Mira a la ventana y se percata de los colores que refleja su teléfono en la opacidad del cristal en el que está apoyada. Frío, inerte.

Le es curioso los reflejos de la velocidad del transporte, cuando mira a la ventana ve pasar los árboles despacio y las señales rápido. Ya queda poco para su parada y sabe que cuando llegue a casa el tiempo habrá pasado, todo habrá transcurrido. Nada habrá ocurrido.

 


 






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