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Click Clack Clon

 

 

Click clack, click clack. Click clack, click clack. Clack, clack, clack. Clon.

    Y de un chirrido el agua ha parado. Primero una pierna, luego la otra y ya estás fuera. Frío, vapor, cálido, vapor. Aún se puede oír como su suciedad se marcha corriendo de la casa. Aprieta un poco las cuerdas y lazos que decoran la parte superior, fluyen los restos del mantenimiento. Las bolsas de carne se llenan y vacían de aire varias veces con lentitud. Llenado al completo, al ritmo que una pequeña brisa se escapa de su boca. Vaciado al completo, al ritmo que su cuerpo gruñe de muerte. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… La capa cálida ya está empapada también. Cae al suelo menospreciada por quien la portaba, dejada a un lado tiritando, inservible. Su cuerpo ahora se oculta tras telas gruesas, calientes y suaves. Quien las lleva se abraza en un intento de recibir algo de amor o consuelo de esa prenda que le acompañará en las próximas ciento sesenta y ocho horas, minuto arriba minuto abajo.

    Derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda. Giro, pausa. Luz, color, ruido, música. Salto derecha, salto izquierda, salto derecha, salto izquierda. Alto. El corazón quiere salir a ver qué sucede. Las manos lo paran en la boca del estómago. Las cuerdas raspan, agrían. Da pequeños pasos hacia la abertura de su preciosa jaula. Siente como algo le envuelve, sin tacto ni temperatura, solo sentido. Capaz de agarrar todo su cuerpo como si fuese una mano gigante que le asfixia y acelera y hace que no se mueva. Solo puede mirar. Observar cómo las luces de fuera bailan y brincan, cómo se tambalean entre ellas alejándose y acercándose. Oyendo el ir y venir de pasos, risas, charlas, cantos e historias que no son la suya, que nunca lo serán. Recibiendo la intención de las estrellas; pidiéndole que suba, que deje caer todo y se marche con ellas. Siente como las hojas de los árboles se roban su infancia, su juventud, y todo lo que podría ser. Hasta llegar a ser nada, solo trozos de papel marchito, descolorido, arrugado.

    Las bolsas de carne sobreviven al mínimo, el corazón corre por sus intestinos, las manos, tiradas en el piso, vibran inquietas intentando que ese cuerpo reaccione. Su cara comienza a derretirse frente al cristal, cayendo con lentitud en su cuerpo y en sus ropas nuevas. Se está deshaciendo sola en una pequeña habitación con estupendas vistas al exterior. Cuatrocientos cincuenta suspiros de vida.

    De la nada, un espada prácticamente congelada le atraviesa por la espalda, saliendo del ser tras romper la caja torácica. Sonríe. O no. Recoge sus brazos, sus manos, su rostro y vuelve a encerrar su corazón con mil llaves. Manipula la carne para formar, ahora sí, algo parecido a una sonrisa desteñida y caricaturesca. Vuelve a llenar de aire las bolsas de carne, hasta el extremo, hasta no poder más, en un intento de resucitarlas. Luego las vacía con lentitud para que el resto del cuerpo también reaccione. Parado, recta, estática, fijo: cierra los cristales de su jaula y da cuerda a las siguientes ciento sesenta y ocho horas de su vida.

  


 

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